Gatopardo, camellos del Gótico

‘Todo lo bueno se acaba’, la frase se repite, junto con otras de carácter lapidario, al final de un periodo propicio, una etapa de singular abundancia.

|Brian Rodríguez|

Barcelona es a pakis como Madrid es a chinos. Resulta difícil imaginar el casco histórico de la ciudad sin su magnifico tapiz étnico, aunque de todas las nacionalidades que se dejan caer por el centro, hay una que es especialmente evidente. La comunidad pakistaní esta bien asentada gracias, entre otras muchas cosas, a su pericia para los negocios; tanto es así, que en pos de aprovechar todas las oportunidades latentes, algunos chicos malos han perpetuado un vasto imperio de la droga que a punto estuvo de derrumbarse tras las diligencias del año pasado, y que vuelve a estar en jaque, a decir por las pequeñas redadas de esta semana. Será su amistosa entrada en escena, o los precios, o la disponibilidad permanente, que, ya desde hace un tiempo, estos tíos  se ocupan, casi de manera exclusiva, de todo el contrabando de la parte baja. A nosotros nos parece de puta madre, pero las autoridades pertinentes y en especial los Mossos d’Esquadra han dicho basta. La última vez que nos dejamos caer por uno de sus pisos calientes (03-02-16) nos cerraron educadamente la puerta en las narices y despacharon la situación fingiendo desconocimiento. No joke. En el punto álgido, la trama involucraba más de 30 pisos dedicados 24/7 a la venta de droga. Casi todos ofrecían un amplio catálogo de sustancias nárcoticas tales como mdma, pastillas, speed, marihuana, hachís, cocaína, heroína, ketamina, metoxetamina…, generalmente sintético-derivadas, pero de calidad sostenida y a precios más que negociables. El aprovisionamiento parece ser centralizado, puesto que muchos de ellos comparten las mismas “marcas” y no pasa desapercibido tampoco, a juicio de una nariz experta, el aroma del corte unitario, que replica los mismos defectos constituyentes en las diferentes mierdas ofertadas.

Who is John? John no es solo un nombre, es a su vez un santo y seña, uno de esos códigos que sin tener una función definida insinúan el conocimiento conjunto por parte de los interlocutores de una trama b que subyace bajo las connotaciones de la semántica general. Empezando por el principio, John, nombre artístico supongo, era un pakistaní marica que controlaba el negocio hace unos 3 años y cuya influencia creemos fue definitiva en el establecimiento del negocio a gran escala. La estructura, fuertemente jerarquizada, tenía como punta de la pirámide al mismísimo John, del cual dependían directamente sus jefes de piso, seguidos en el escalón intermedio por los cortadores, embolsadores y despachantes de día, quienes controlaban a su vez a los pobres vendedores de latas, con funciones estos más operativas dentro de la comercialización callejera. Aunque John desapareció pasados unos meses, su nombre sigue siendo claramente reconocido por todos los lugartenientes en cualquier dependencia de pakiland. El negocio, aun en marcha, creció sin reparar en aspectos cruciales como la seguridad o el filtro de acceso de clientes, que no es en absoluto restrictivo, y da paso a un intercambio bastante indiscreto y pintoresco. Tal es el desparpajo con el que los muchachos ejercen su profesión, que la situación de vigilancia previa a una detención masiva (nos consta), no sorprende a nadie dentro del ámbito interno; pero acota claramente una etapa de libertad de mercado de la que ha participado gente de medio mundo, si tenemos en cuenta el parking multinacional que compone demográficamente Barcelona.

• Para terminar, porque esto se acaba, lo mejor será transcribir la voz de la calle, y destacar la más obvia de todas las verdades en torno a este desagradable asunto… cárcel no gusta nadie amigo.

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