Atún en escabeche, again…

No puedo escuchar lo que dices entre tanto acorde distorsionado pero seguro que has venido a contarme lo de siempre. El más puro de los residuos gregarios continua influyendo en los patrones básicos de conducta, y dada la profundidad de los cambios que produce en la vida de la gente, ha de ser tratado con cautela. Aceptar su naturaleza subjetiva aumenta la capacidad para manejarlo de acuerdo a los protocolos personales de seguridad, establecidos por nosotros mismos en ausencia de un manual sobre estados de adulteramiento unidireccional.

|Carlos Pacheco Quinto|

• Regodearte en tu miseria por un desengaño puede tener su gracia, y también su utilidad. Un rato. Más allá de eso, convertir el duelo en un juego de reproches y autofustigación sin solución de tiempo puede resultar enfermizo. Y el tiempo, será relativo, pero no están las cosas como para perderlo. Pero claro, desde enanos nos han enseñado a que sin lágrima no hay película, y cuando te das cuenta has hecho del lamento un elemento imprescindible en cualquier cosa que acabe peor de lo que tu esperabas. Hay maneras de deshacerse de esta enfermiza tendencia bucólica.

Antes de nada, no confundir el despecho con el amor. Lo primero es como el grito rabioso por el robo de la vieja cartera que estabas a punto de tirar. “Tiraríamos muchas cosas a la basura si no fuera por miedo a que otro pudiera recogerlas” decía Lord Henry en El retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde. Intuir el final de algo y dilatarlo en el tiempo como si una parte de ti temiera perderse en el desenlace. El ego proyectado es una de las cosas más dolorosas que uno puede perder. Y si alguien viene y se lo lleva jode, como te puede joder que te roben algo que no es real pero que sientes tanto como cualquiera de tus órganos vitales. Y es que el despecho es la toma de consciencia de que perdiste algo que ya decidiste que no era tuyo. La territorialidad animal que hace apoderarnos de lo nuestro y lo del otro, de lo útil y lo inútil, de lo falso y lo real. Lo segundo solo es conocido por descarte. Uno sabe lo que no es aunque se manifieste como lo que uno desearía que fuera. Si la connotación positiva con la que se ha configurado el amor a través de la historia es verdad, esta no debería anular la felicidad de uno. Más aún, si la evolución social humana ha decorado con tanta parafernalia emotiva la reproducción de la especie, vale la pena aprovecharla, o por lo menos vivirla de vez en cuando. Cuando algo se vive como imprescindible te expones a ser enjaulado por ello, no en cambio, cuando tomas de ello teniendo claro que no te posee.

Puta adicción de los cojones. Tormenta aminoácida en el cerebro y felicidad extasiada a golpe de sensaciones. Le puedes llamar amor u oxitocina, en cualquier caso ésta última es la responsable de convertirnos en unos gilipollas cuando nos enamoramos. Sea cual sea el origen de tan magnánimo sentimiento, lo único que te puede salvar de transformarte en un insaciable zombie de emociones es ponerle luz y raciocinio. Lo que usas no te usa, y el amor si nace de ti desde la voluntad y no desde la demanda, es un sentimiento puramente inocente. Al final, todo consiste en administrar tus instintos, y para ello el mejor antídoto es el método científico. Y ojo, vencer instintos no es lo mismo que anularlos, es entenderlos y aprovecharlos en tu propio beneficio.

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