El maltratador de gatos

solía llegar a casa borracho, darse una ducha, prepararse algo de cenar y darle una paliza a su gato. esta fue la rutina habitual dentro de un universo de rutinas nocivas para él mismo. hace tiempo que estábamos detrás de ella y por fin la hemos conseguido, estamos listos para contar la historia del maltratador de gatos.

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   Su protagonista residió un tiempo en Inglaterra, también en Holanda, Italia y finalmente, se asentó en Barcelona. Gozaba de buena salud social, encontró trabajo casi inmediatamente y en unos meses pudo ahorrar suficiente dinero como para independizarse de sus compañeros. Buscó su primer apartamento en solitario, arreglo la mudanza y para el inicio del verano ya estaba instalado en un pequeño piso situado en la Rambla del Raval. Estaba bastante integrado en la vida nocturna de la ciudad y ya fuera en casa o fuera de ella, siempre había música sonando a su alrededor.

ImagenTodo empezó una noche después de un concierto de Boys Noize. Como tantas otras cosas que suceden de noche, este episodio inicial de abuso animal quedo justificado por el cocktail psicoactivo que llevaba encima nuestro chico y se convirtió en patología en el mismo momento que extrajo algún placer de ello. Aquella noche ya se estaba acabando cuando el taxi lo dejó en la entrada de su casa. Subió como pudo, ajustó las contraventanas, puso algo de música, abrió una cerveza y fumó hachís. Preparo el desayuno, puso una lavadora, encendió la televisión, le quitó el volumen, se dejó llevar por la música y bailó frente al espejo durante un tiempo indeterminado. Se sentía realmente bien aquella mañana y sin embargo fue el germen de su etapa más oscura y desesperada. Sintió un arañazo, se volvió raudo y noto que pisaba la cola de su gato mientras éste se defendía de la agresión con garras y dientes. Una furia homicida se apoderó de su yo templado y afable, corrió detrás del animal de manera inconsciente, lo acorraló bajo una mesa y le dio patadas hasta quedar harto. En el calor de la pelea resultó vigorizado y en cierto sentido sintió alivio habiendo satisfecho su venganza.

    Se levantó a la mañana siguiente pensando en ello y resolvió evitar la culpa, aunque desde luego se sentía culpable. Pasaron un par de semanas y salió de nuevo de fiesta. Trasnochó, bebió más de la cuenta, tomó drogas y al volver a casa, tenía ganas de fiesta. Volvió a pegarle, esta vez sin saña, le agradaba amenazarlo y asumir el control de la situación. El pobre gato huía como podía (en un piso de 30 metros) pero a la vez se mostraba sumiso y resignado. Simplemente acercándose al animal lograba provocarle el miedo real y justificado a recibir otra paliza. Hubo más noches como esta y según nos contaba él mismo, ya no se trataba del gusto por la violencia, se trataba del gusto por el poder.

   Este bucle de miseria personal se repitió durante algunos meses. Al final, incapaz de mirarse al espejo, y alejado del yo que antes prosperaba en paz y equilibro, decidió buscar ayuda especializada para la problemática que le afligía, la adicción a los narcóticos y la tendencia a asociar, en ocasiones, su consumo con el maltrato animal. Esta ya puede ser catalogada como una personalidad psicótica, que puede llevar al individuo (si no se afronta con la terapia adecuada) a la agresión no solo a los animales sino también hacia personas más débiles como los niños o las mujeres . Se ha encontrado una estrecha relación entre personalidades delincuentes y el maltrato animal.

   En 1993, el Congreso Nacional PTA (EE. UU) estableció: “Los niños entrenados para extender la justicia, bondad y compasión para con los animales, se vuelven más justos, bondadosos y considerados en sus relaciones con el prójimo. El entrenamiento del carácter en éstas líneas, dará como resultado seres con una afinidad más amplia con los demás, más humanos, más apegados a las leyes, en síntesis, ciudadanos más valiosos”

artículo/redacción

 

 

 

 

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