La lógica de los sucesos

La opinión no siempre es hija del conocimiento. Vivimos en la era del debate público, del dicotómico, del extremadamente polarizado, de aquel donde pesan más los factores emocionales que racionales. En cualquier franja televisiva siempre encontrareis un programa de debate, ya sea político, social, deportivo, rosa… todos están cortados por el mismo patrón. Y que es sino la televisión, un reflejo caricaturizado de la multitud social que la observa.

|Carlos Pacheco Quinto|

Queremos opinar tal y como queremos manifestarnos como individuos. Mas nos creemos que el tamaño, intensidad o forma de la opinión ya la valida per se, olvidando que el contenido es el alma de la misma. Así pues, la lógica comunión de opinión y conocimiento parecen haberse fracturado. La primera se comporta como una frívola reacción subjetiva ante un hecho, expresada según nuestros condicionamientos previos. El segundo abarca mucho más. No queda solo en la percepción subjetiva de la circunstancia, también comprende el porque de su génesis. El porque se generan las cosas, la lógica que siguen los sucesos.

Este razonamiento cobra especial importancia en el mundo político y social. La política en una posible definición de mínimos, es el acto y deriva de la organización de una sociedad. Más allá de los atributos autoritarios, igualitarios o económicamente desarrollados que puedan definir la política de un país, lo que nos interesa aquí es la función que la sociedad puede ejercer en ella. Si la política es una lógica derivada de la vida en sociedad, fácilmente podremos identificar rasgos característicos de la sociedad en la vida política. Así pues y a modo de ejemplo, el bizarro debate sobre el status político de Catalunya parece necesitar, como el pez el agua, cierta dosis de sentido común.

• Las distintas variables de las que se compone el conflicto convierten a éste en un problema de difícil solución. Sentimientos nacionales, contextos históricos, marcos legales, consecuencias económicas, movilizaciones sociales… hay tantos elementos a examinar y analizar, que establecerse a favor o en contra puede llegar a ser hasta frívolo. No quiero menospreciar la tendencia a crearse una opinión y posicionarse, pero si realmente resaltar que es una cuestión incierta en sus consecuencias y la complejidad de sus razones económicas, legales e históricas. Se tenderá a dar más valor a los aspectos emocionales dejando los racionales como un simple escudo argumentario para repeler ataques. Así, ante tanta variable, nadie en su sano juicio y de mínima honradez puede adivinar que sería lo mejor para Catalunya, ni que repercusiones sociales tendría a nivel estatal. Se pueden llegar a aproximaciones más o menos verosímiles, pero éstas estarán al servicio del posicionamiento primario del individuo. Seas nacionalista español o catalán, la argumentación va a estar manipulada de antemano. No dejaremos que los argumentos lleguen a nosotros a través de una actitud imparcial y abierta que eliminen filtros interesados, seremos nosotros los que busquemos el argumento según apoye o no nuestra posición preestablecida. Ante este hecho, una sociedad libre debe reivindicar su derecho a equivocarse, a tener razón y emprender nuevos caminos, a cambiar el rumbo de sus trayectorias o a mantenerse en la misma, pero sobretodo, a desarrollar un espíritu crítico sobre su realidad, basado en el conocimiento exhaustivo y la imparcialidad. Sin menospreciar el posicionamiento u opinión sobre el tema (que aquí el que escribe lo tiene), lo que se pretende aquí es resaltar lo insultante que resultan las amenazas, comparaciones con el nazismo, manipulaciones históricas y llamamientos a la fuerza que se escuchan en uno otro lado de un debate tan apasionante como el de la independencia de Catalunya. Para posicionamientos irracionales ya hicimos bien en inventar el fútbol (bendito sea éste). Pero para lo importante dediquemos quizás lo que más nos identifica como seres humanos, el sentido común.

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